Todo lo que renace requiere su tiempo, que es el propio.
Puede ser aquella flor en primavera, que no acepta calendarios,
y renace a su propio tiempo cuando los ciclos se renuevan.
Puede ser un recuerdo feliz en la pena, que no acepta refrendas
de su valor relativo, cuando nuestra supervivencia depende de él.
O puede ser nuestro amor, que renace con cada palabra, con cada gesto,
con cada mirada y una luminosa esperanza que es nuestra dulce ofrenda.
Vivimos un setiembre perpetuo, una época dorada, una vela continua,
un alerta permanente que es a la vez el descanso cierto
de saber que estás, estoy, estamos y estaremos siempre
en un renacer de nuestro amor con su ciclo perfecto.
Estos segundos que parecen siglos de no tenernos, y estas semanas que se reducen a un instante en el reencuentro, son indicios de la certeza de que, más allá de ser un ciclo, un transcurrir o una meta, nuestro amor es irrepetible y nos redefine en nuestra esencia.
ResponderEliminarBello comentario y bella vos.
ResponderEliminarAC