Comenzó a llover, y yo con esta melancolía. Mientras escucho la lluvia siento un aire fresco que entra por la ventana y mitiga de a poco el calor de una tarde que se me pegó en la piel. Pero claro, no logra mitigar esta necesidad de verte y mirarte, de tan sólo verte y mirarte.
Porque vos ya sabés: mirarte y admirarte y desearte y volverte a mirar es mi ejercicio, una especie de juego con mucho de físico que me deleita los ojos y me revive el alma y...
¿Qué hacemos vos y yo lejos? ¿Será otro ejercicio, este de desearnos sin límite, diseñado por una mano afecta a mirar como la vida nos atraviesa en cada encuentro como si fuera al tiempo la primera y la última vez?
Ya sé, amor, que especular no sirve; el "mirá si" o "que bueno sería si" no son útiles en este momento. Sólo la prudencia parece funcionar. Pero soñar también sirve porque cierra heridas. Viste como son los sueños. Si uno los sujeta fuerte siempre nos sostienen y algunas veces hasta se corporizan y nos recuerdan que lo mejor que nos pasó fue aquella sonrisa robada a la desesperación.
Ahora paró la lluvia. O al menos ya no se oye el golpeteo de las gotas. Pero aquella necesidad primera no se detuvo, sigue ahí.
Tal vez si me voy a dormir esta ausencia, tu ausencia, duela menos. Porque encontrarnos en mi sueño, ya lo sé, no duele. Y quizás hasta se corporice alguna vez y al despertar te encuentre dormida entre mis brazos.
Y tal vez hasta llueva.
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