"Y ahora se lo que debo hacer: seguir respirando, porque mañana volverá a amanecer, y quien sabe que traerá la marea."Nubes grises, cielos cargados, gotas que caen como plomo sobre la piel desprotegida, como desgarrada de inclemencias o quemada de desolaciones o arrugada desde tiempos pretéritos. O tal vez desde ayer.
Chuck Nolan, un náufrago.
O quizás sea la rutina y la poca magia de ese hábito de ver el sol, sentir el sol, saber del sol, hablar del sol pero insistiendo en taparlo, ya no con una mano sino con un dedo, un solo dedo, el que siempre señala para el mismo lado, el contrario.
También puede ser que la felicidad, dama esquiva y traviesa si las hay, aparezca por un momento y se esfume luego al compás de sus caprichos, dejándonos solos y con nada más el resabio de una permanencia instantánea, y a veces, nada.
Pero ya se sabe, o debería saberse, que el mar es así. No por capricho: las mareas recorren su rol eterno y lo que parece deriva es en realidad un comportamiento fiel a la ley natural. Nadie puede culpar a la pleamar cuando llega ni a la bajamar por irse. Ambas obedecen ritmos a los que la vida les es tributaria.
Dado que yo también obedezco a ritmos y leyes, me toca no hacer el trabajo del mar sino de los hombres, procurando respirar para sostener en el tiempo este delgado hilo que une cuerpo y alma. El mar hace lo suyo.
Atempero entonces la incertidumbre de no saber qué traerá la marea sosteniendo la respiración y esperando el nuevo día que va a amanecer.
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