Cuando la conoció, se le hizo claro que atar un extremo de la soga en el renuevo de un árbol y sentarse a esperar a que crezca, cosa habitual en él, ya no era necesario.
Con el tiempo descubrió que morir cada noche en sus brazos sería también una buena forma de desanudar la otra punta de la soga, la que llevaba amarrada a su cuello.
Es que siempre tuvo la precaución de no dejar cabos sueltos. Pero eso había comenzado a cambiar.

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