La vida tiene estas cosas, así de sorpresivas, misteriosas, elocuentes. De golpe nos muestra una cara poco vista, a veces hasta como desconocida. Un transcurrir que se encuentra frente a una encrucijada, abruptamente, que no figuraba en el mapa de obviedades, aquello que uno da por sentado.
Pero por eso se le llama 'vida'; no 'fotografía', 'museo' o alguna otra cosa bella pero estática, sino 'vida', algo vivo, con un fluir de pasiones y verdades propias que no tienen que ser universales, justamente. Como esto que nos atrapa, nos envuelve, nos mejora, nos encandila, edifica ilusiones. Dicen que se llama amor, pero cuatro letras parecen no alcanzar, salvo que uno sepa.
Y claro, de golpe la rutina muta de roca a cristal y de un golpe se hace añicos. Y como en una de esas tardes de lluvia primaveral, una brisa se cuela por allí y hace bien; refresca el alma, renueva los aromas, todo el ámbito cobra otro sentido y nos arranca un suspiro de pura satisfacción, complacencia, recuerdos de placeres próximos y deleite.
Y de noche y de día y aquí y allá te sueño y sueño con tu voz, con tu piel, con tu calor. Me despierto con un dulzor en la boca, como si recién hubiese libado de tu ternura. Y me siento pleno, limpio, sereno y para nada fugaz; más bien constante y casi eterno, como si este amor me trajera de nuevo a la contundencia de que más que nunca, estoy vivo.