La luna está.
La veo desde el patio,
espléndida como siempre,
tanto como cuando nos seguía,
porque éramos chicos
y nos daba el gusto
de andar a nuestro paso,
al costado de la ruta.
Y ni hablar de su prestancia
para no estar por culpa de una nube,
y aun dejarnos saber de su brillo:
con un reflejo le basta.
Se refleja en el río, en el mar,
en ese ojo de agua,
y en el charco sencillo.
Luz blanca, clara,
bella de toda belleza,
deshace cualquier oscuridad
e ilumina a los poetas.
Hace cantar a los grillos
y envidiar al sol, que sabe
que la luz es suya pero no enamora
como cuando ella la refleja.
Los amantes la esperan
para decirse frente a ella
cuanto se importan.
Los ciegos la desean,
los sordos se consuelan,
los mudos desearían decir,
que se sepa lo que de ella piensan.
Luna de brillo intenso,
imposible de negar.
Dominio celeste
que nos hace hablarle,
desearla, quererla,
esperarla en su salida
y anhelarla en su partida.
Y vos, mi amor,
presente en mi cielo,
tan clara y única,
mi propia Luna.
