Si alguna vez arrojé mil monedas en mil fuentes fue por aquel deseo de tal vez encontrarte aun en la certeza de que no existías, aun a pesar de la seguridad, por estar convencido, de que vos simplemente no eras posible.
Pero, lo que son las cosas, me equivoqué -sí que soy un tipo doblemente afortunado- y resulta que te encontré, nos encontramos, te toqué, nos tocamos y en tan reales momentos alcanzamos estos estados de éxtasis, casi de milagros irrepetibles y a la vez conocidos.
Monedas a las fuentes, ya no más. Ahora que te tengo sé que todas las fantasías, todos los estados, todos los milagros son absolutamente posibles.
Y todos llevan tu nombre.
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